Textos de Ortega y Gasset:
(Marcados en color los fragmentos que caído en selectividad en los últimos años)
“La doctrina del punto de vista”
Contraponer
la cultura a la vida y reclamar para ésta la plenitud de sus derechos
frente a aquélla no es hacer profesión de fe anticultural. Si se
interpreta así lo dicho anteriormente, se practica una perfecta
tergiversación. Quedan intactos los valores de la cultura; únicamente se
niega su exclusivismo. Durante siglos se viene hablando exclusivamente
de la necesidad que la vida tiene de la cultura. Sin desvirtuar lo más
mínimo esta necesidad, se sostiene aquí que la cultura no necesita menos
de la vida. Ambos poderes -el inmanente de lo biológico y el
trascendente de la cultura- quedan de esta suerte cara a cara, con
iguales títulos, sin supeditación del uno al otro. Este trato leal de
ambos permite plantear de una manera clara el problema de sus relaciones
y preparar una síntesis más franca y sólida. Por consiguiente, lo dicho
hasta aquí es sólo preparación para esa síntesis en que culturalismo y
vitalismo, al fundirse, desaparecen.
Recuérdese el comienzo de este estudio. La
tradición moderna nos ofrece dos maneras opuestas de hacer frente a la
antinomia entre vida y cultura. Una de ellas, el racionalismo, para
salvar la cultura niega todo sentido a la vida. La otra, el relativismo,
ensaya la operación inversa: desvanece el valor objetivo de la cultura
para dejar paso a la vida. Ambas soluciones, que a las generaciones
anteriores parecían suficientes, no encuentran eco en nuestra
sensibilidad. Una y otra viven a costa de cegueras complementarias. Como
nuestro tiempo no padece esas obnubilaciones, como se ve con toda
claridad en el sentido de ambas potencias litigantes, ni se aviene a
aceptar que la verdad, que la justicia, que la belleza no existen, ni a
olvidarse de que para existir necesitan el soporte de la vitalidad.Aclaremos este punto concretándonos a la porción mejor definible de la cultura: el conocimiento.
El
conocimiento es la adquisición de verdades, y en las verdades se nos
manifiesta el universo trascendente (transubjetivo) de la realidad. Las
verdades son eternas, únicas e invariables. ¿Cómo es posible su
insaculación dentro del sujeto?. La respuesta del Racionalismo es
taxativa: sólo es posible el conocimiento si la realidad puede penetrar
en él sin la menor deformación. El sujeto tiene, pues, que ser un medio
transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana
por tanto, ultravital y extra-histórico. Vida es peculiaridad, cambio,
desarrollo; en una palabra: historia. La respuesta del relativismo no es
menos taxativa. El conocimiento es imposible; no hay una realidad
trascendente, porque todo sujeto real es un recinto peculiarmente
modelado. Al entrar en él la realidad se deformaría, y esta deformación
individual sería lo que cada ser tomase por la pretendida realidad.
Es interesante advertir cómo en estos últimos tiempos, sin común acuerdo ni premeditación, psicología, y
teoría del conocimiento, al revisar los hechos de que ambas actitudes
partían, han tenido que rectificarlos, coincidiendo en una nueva manera
de plantear la cuestión.
El sujeto, ni es un medio transparente, un
"yo puro" idéntico e invariable, ni su recepción de la realidad produce
en ésta deformaciones. Los hechos imponen una tercera opinión, síntesis
ejemplar de ambas. Cuando se interpone un cedazo o retícula en una
corriente, deja pasar unas cosas y detiene otras; se dirá que las
selecciona, pero no que las deforma. Esta es la función del sujeto, del
ser viviente ante la realidad cósmica que le circunda. Ni se deja
traspasar sin más ni más por ella, como acontecería al imaginario ente
racional creado por las definiciones racionalistas, ni finge él una
realidad ilusoria. Su función es claramente selectiva. De la infinidad
de los elementos que integran la realidad, el individuo, aparato
receptor, deja pasar un cierto número de ellos, cuya forma y contenido
coinciden con las mallas de su retícula sensible. Las demás cosas,
-fenómenos, hechos, verdades- quedan fueran, ignoradas, no percibidas.
Un
ejemplo elemental y puramente fisiológico se encuentra en la visión y
en la audición. El aparato ocular y el auditivo de la especie humana
reciben ondas vibratorias desde cierta velocidad mínima hasta cierta
velocidad máxima. Los colores y sonidos que queden más allá o más acá de
ambos límites le son desconocidos. Por tanto, su estructura vital
influye en la recepción de la realidad; pero esto no quiere decir que su
influencia o intervención traiga consigo una deformación. Todo un
amplio repertorio de colores y sonidos reales, perfectamente reales,
llega a su interior y sabe de ellos.
Como son los colores y sonidos
acontece con las verdades. La estructura psíquica de cada individuo
viene a ser un órgano perceptor, dotado de una forma determinada que
permite la comprensión de ciertas verdades y está condenado a inexorable
ceguera para otras. Así mismo, para cada pueblo y cada época tienen su
alma típica, es decir, una retícula con mallas de amplitud y perfil
definidos que le prestan rigorosa afinidad con ciertas verdades e
incorregible ineptitud para llegar a ciertas otras. Esto significa que
todas las épocas y todos los pueblos han gozado su congrua porción de
verdad, y no tiene sentido que pueblo ni época algunos pretendan
oponerse a los demás, como si a ellos les hubiese cabido en el reparto
la verdad entera. Todos tienen su puesto determinado en la serie
histórica; ninguno puede aspirar a salirse de ella, porque esto
equivaldría a convertirse en un ente abstracto, con integra renuncia a
la existencia.
Desde distintos puntos de vista, dos hombres miran el
mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mismo. La distinta situación hace
que el paisaje se organice ante ambos de distinta manera. Lo que para
uno ocupa el primer término y acusa con vigor todos sus detalles, para
el otro se halla en el último, y queda oscuro y borroso. Además, como
las cosas puestas unas detrás se ocultan en todo o en parte, cada uno de
ellos percibirá porciones del paisaje que al otro no llegan. ¿Tendría
sentido que cada cual declarase falso el paisaje ajeno?. Evidentemente,
no; tan real es el uno como el otro. Pero tampoco tendría sentido que
puestos de acuerdo, en vista de no coincidir sus paisajes, los juzgasen
ilusorios. Esto supondría que hay un tercer paisaje auténtico, el cual
no se halla sometido a las mismas condiciones que los otros dos. Ahora
bien, ese paisaje arquetipo no existe ni puede existir. La realidad
cósmica es tal, que sólo puede ser vista bajo una determinada
perspectiva. La perspectiva es uno de los componentes de la realidad.
Lejos de ser su deformación, es su organización. Una realidad que vista
desde cualquier punto resultase siempre idéntica es un concepto absurdo.
Lo
que acontece con la visión corpórea se cumple igualmente en todo lo
demás. Todo conocimiento es desde un punto de vista determinado. La
species aeternitatis, de Spinoza, el punto de vista ubicuo, absoluto, no
existe propiamente: es un punto de vista ficticio y abstracto. No
dudamos de su utilidad instrumental para ciertos menesteres del
conocimiento; pero es preciso no olvidar que desde él no se ve lo real.
El punto de vista abstracto sólo proporciona abstracciones.
Esta manera de pensar lleva a una reforma radical de la filosofía y, lo que importa más, de nuestra sensación cósmica.
La
individualidad de cada sujeto era el indominable estorbo que la
tradición intelectual de los últimos tiempos encontraba para que el
conocimiento pudiese justificar su pretensión de conseguir la verdad.
Dos sujetos diferentes -se pensaba- llegarán a verdades divergentes.
Ahora vemos que la divergencia entre los mundos de dos sujetos no
implica la falsedad de uno de ellos. Al contrario, precisamente porque
lo que cada cual ve es una realidad y no una ficción, tiene que ser su
aspecto distinto del que otro percibe. Esa divergencia no es
contradicción, sino complemento. Si el universo hubiese presentado una
faz idéntica a los ojos de un griego socrático que a los de un yanqui,
deberíamos pensar que el universo no tiene verdadera realidad,
independiente de los sujetos. Porque esa coincidencia de aspecto ante
dos hombres colocados en puntos tan diversos como son la Atenas del
siglo V y la Nueva York del XX indicaría que no se trataba de una
realidad externa a ellos, sino de una imaginación que por azar se
producía idénticamente en dos sujetos.
Cada vida es un punto de vista sobre el universo. En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra. Cada
individuo -persona, pueblo, época- es un órgano insustituible para la
conquista de la verdad. He aquí cómo ésta, que por sí misma es ajena a
las variaciones históricas, adquiere un dimensión vital. Sin el
desarrollo, el cambio perpetuo y la inagotable aventura que constituyen
la vida, el universo, la omnímoda verdad, quedaría ignorada.
El error
inveterado consistía en suponer que la realidad tenía por sí misma, e
independientemente del punto de vista que sobre ella se tomara, una
fisonomía propia. Pensando así, claro está, toda visión de ella desde un
punto determinado no coincidiría con ese su aspecto absoluto y, por
tanto, sería falsa. Pero es el caso que la realidad, como un paisaje,
tienen infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verídicas y
auténticas. La sola perspectiva falsa es esa que pretende ser la
única. Dicho de otra manera: lo falso es la utopía, la verdad no
localizada, vista desde . El utopista -y esto ha sido en esencia
el racionalismo- es el que más yerra, porque es el hombre que no se
conserva fiel a su punto de vista, que deserta de su puesto.
Hasta
ahora la filosofía ha sido siempre utópica. Por eso pretendía cada
sistema valer para todos los tiempos y para todos los hombres. Exenta de
la dimensión vital, histórica, perspectivista, hacía una y otra vez
vanamente su gesto definitivo. La doctrina del punto de vista exige, en
cambio, que dentro del sistema vaya articulada la perspectiva vital de
que ha emanado, permitiendo así su articulación con otros sistemas
futuros o exóticos. La razón pura tiene que ser sustituida por una razón
vital, donde aquélla se localice y adquiera movilidad y fuerza de
transformación.
Cuando hoy miramos las filosofías del pasado,
incluyendo las del último siglo, notamos en ellas ciertos rasgos de
primitivismo. Empleo esta palabra en el estricto sentido que tiene
cuando es referida a los pintores del quattrocento. ¿Por qué llamamos a
éstos "primitivos"? ¿En qué consiste su primitivismo? En su ingenuidad,
en su candor -se dice-. Pero ¿cuál es la razón del candor y de la
ingenuidad, cuál su esencia? Sin duda, es el olvido de sí mismo. El
pintor primitivo pinta el mundo desde su punto de vista -bajo el imperio
de las ideas, valoraciones, sentimientos que le son privados-, pero
cree que lo pinta según él es. Por lo mismo, olvida introducir en su
obra su personalidad; nos ofrece aquélla como si se hubiera fabricado a
sí misma, sin intervención de un sujeto determinado, fijo en un lugar
del espacio y en un instante del tiempo. Nosotros, naturalmente, vemos
en el cuadro el reflejo de su individualidad y vemos, a la par, que él
no la veía, que se ignoraba a si mismo y se creía una pupila anónima
abierta sobre el universo. Esta ignorancia de sí mismo es la fuente
encantadora de la ingenuidad.
Mas la complacencia que el candor nos
proporciona incluye y supone la desestima del candoroso. Se trata de un
benévolo menosprecio. Gozamos del pintor primitivo, como gozamos del
alma infantil, precisamente, porque nos sentimos superiores a ellos.
Nuestra visión del mundo es mucho más amplia, más compleja, más llena de
reservas, encrucijadas, escotillones. Al movernos en nuestro ámbito
vital sentimos éste como algo ilimitado, indomable, peligroso y difícil.
En cambio al asomarnos al universo del niño o del pintor primitivo
vemos que es un pequeño circulo, perfectamente concluso y dominable, con
un repertorio reducido de objetos y peripecias. La vida imaginaria que
llevamos durante el rato de esa contemplación nos parece un juego fácil
que momentáneamente nos liberta de nuestra grave y problemática
existencia. La gracia del candor es, pues, la delectación del fuerte en
la flaqueza del débil.
El atractivo que sobre nosotros tienen las
filosofías pretéritas es del mismo tipo. Su claro y sencillo
esquematismo, su ingenua ilusión de haber descubierto toda la verdad, la
seguridad con que se asientan en fórmulas que suponen inconmovibles nos
dan la impresión de un orbe concluso, definido y definitivo, donde ya
no hay problemas, donde todo está ya resuelto. Nada más grato que pasear
unas horas por mundos tan claros y tan mansos. Pero cuando tornamos a
nosotros mismos y volvemos a sentir el universo con nuestra propia
sensibilidad, vemos que el mundo definido por esas filosofías no era, en
verdad el mundo, sino el horizonte de sus autores. Lo que ellos
interpretaban como limite del universo, tras el cual no había nada más,
era sólo la línea curva con que su perspectiva cerraba su paisaje. Toda
filosofía que quiera curarse de ese inveterado primitivismo, de esa
pertinaz utopía, necesita corregir ese error, evitando que lo que es
blando y dilatable horizonte se anquilose en mundo.
Ahora bien; la
reducción o conversión del mundo a horizonte no resta lo más mínimo de
realidad a aquél; simplemente lo refiere al sujeto viviente, cuyo mundo
es, lo dota de una dimensión vital, lo localiza en la corriente de la
vida, que va de pueblo en pueblo, de generación en generación, de
individuo en individuo, apoderándose de la realidad universal.
De
esta manera, la peculiaridad de cada ser, su diferencia individual,
lejos de estorbarle para captar la verdad, es precisamente el órgano por
el cual puede ver la porción de realidad que le corresponde. De esta
manera, aparece cada individuo, cada generación, cada época como un
aparato de conocimiento insustituible. La verdad integral sólo se
obtiene articulando lo que el prójimo ve con lo que yo veo, y así
sucesivamente. Cada individuo es un punto de vista esencial.
Yuxtaponiendo las visiones parciales de todos se lograría tejer la
verdad omnímoda y absoluta. Ahora bien: esta suma de las perspectivas
individuales, este conocimiento de lo que todos y cada uno han visto y
saben, esta omnisciencia, esta verdadera es el sublime oficio que
atribuimos a Dios. Dios es también un punto de vista; pero no porque
posea un mirador fuera del área humana que le haga ver directamente la
realidad universal, como si fuera un viejo racionalista. Dios no es
racionalista. Su punto de vista es el de cada uno de nosotros; nuestra
verdad parcial es también verdad para Dios. ¡De tal modo es verídica
nuestra perspectiva y auténtica nuestra realidad! Sólo que Dios, como
dice el catecismo, está en todas partes y por eso goza de todos los
puntos de vista y en su ilimitada vitalidad recoge y armoniza todos
nuestros horizontes . Dios es el símbolo del torrente vital, al través
de cuyas infinitas retículas va pasando poco a poco el universo, que
queda así impregnado de vida, consagrado, es decir, visto, amado,
odiado, sufrido y gozado.
Sostenía Malebranche que si nosotros
conocemos, alguna verdad es porque vemos las cosas en Dios, desde el
punto de vista de Dios. Más verosímil me parece lo inverso: que Dios ve
las cosas al través de los hombres, que los hombres son los órganos
visuales de la divinidad.
Por eso conviene no defraudar la sublime
necesidad que de nosotros tiene, e hincándonos bien en el lugar que nos
hallamos, con una profunda fidelidad a nuestro organismo, a lo que
vitalmente somos, abrir bien los ojos sobre el contorno y aceptar la
faena que nos propone el destino: el tema de nuestro tiempo.